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Cuentos Racinguistas

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Cuentos Racinguistas

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Uno de ls cuentos ganadores del concurso de cuentos racinguistas, si lo lees entero, garantizo lagrimas...


AGUSTINA

Agustina es de Capricornio, bien de Capricornio. Tiene un cuerpo compacto, encantador, pero principalmente compacto y armónico, ideal para su metro sesenta y seis que no admite desproporciones ni tambaleos: ella sabe que no podría permitírselos. Es rubia. Castaña clara. Más bien rubiecita, como le gusta imaginarse. Y si por contextura compacta y armónica imaginamos a una chica sin curvas, éste no es el caso. A decir verdad, más que compacto, principalmente tiene un cuerpo encantador. Por momentos pareciera ser la típica morocha argentina, aunque rubiecita. O castaña clara. Su cara es de las ovaladas, delgadas, y vestida casi siempre por la caída de algún mechón de pelo en cascada. Su actitud, desfachatada. Dueña de una boca provocadora, labios Angelina Jolie, nariz redonda, pómulos levantados, y sus ojos, párrafo aparte, tan pálidos como misteriosos.

Y Agustina es de Racing, bien de Racing. Su papá y sus dos hermanos son de Racing. Su tío es de Racing, y sus primos son de Racing, incluido Valentín, el más chico de cuatro hermanos, que está jugando en la 9ª y es el orgullo absoluto de la familia. Su mamá, Ofelia, si bien técnicamente de chica era de Boca, jamás se pronunció a favor de aquel cuadro ni osó decir palabra en contra de la Academia. Y, como buena hija de italianos, se desvive por su familia y se pone mal, tan mal como se ponen Horacio y sus hijos, ante alguna caída racinguista. Simplemente le hace mal verlos así, descorazonados.

Pero sobre todo al ver a su única hija, su princesa, reina y cielo, cabizbaja y triste, repasando mentalmente el porqué de aquella derrota, si acaso el relator había dicho varias veces que Racing merecía un poco más y que el empate parecía estar al caer. Y ese estado suele durarle varios días. Es que la chica, como le gusta y le emociona decir a Ofelia, nació enamorada de los colores.

A su vez, Agustina se define a sí misma con dos datos que pueden demoler el espíritu de cualquier hincha albiceleste. Nació el 27 de diciembre, del ‘83, y tiene dos tatuajes de Racing. Y ambas cualidades están relacionadas. La fecha de nacimiento fue motivo de celebración absoluta después de 2001 y la rodeó de un halo aún más mágico del que ya siempre tuvo y tiene.

Pero más demoledores todavía son sus dos tatuajes (que probablemente sea uno solo, aunque tan distintos que resulta difícil describirlos como una única pieza) que, según dice, son lo que la definen en este mundo. Y eso a pesar que ambos, o tal vez uno solo de ellos, le significaran peleas, llantos, hasta amagues con irse de casa, visitas a médicos y especialistas, como nunca antes en su vida.

Y sobre los tatuajes, hay que dejar claro que Horacio y Ofelia se opusieron de entrada. Y sus hermanos se opusieron de entrada (por más que Adrián, el mayor, ya tenía un tribal en la pantorrilla) e intentaron hacerla desistir desde un lugar más cercano, con más onda, que desde el que le hablaban sus padres. Mientras que si estos centralizaban sus argumentos en la invasión al cuerpo, en lo natural y antinatural, en el riesgo y la infección, Adrián y Germán intentaban convencerla de que podía quedarle no muy bien y luego sería tarde para arrepentirse.

Al final, unos y otros, encarándola con diferentes tácticas, terminarían aceptando que Agustina tenía la decisión tomada. Pero eso no les impidió intentar oponerse hasta las últimas consecuencias y, así, discusión va y discusión viene, las cosas se irían poniendo tensas entre padres (sobre todo padre) e hija. Y lo que en un principio había sido un intento de disuasión y negociación (que sólo admitía un único final por ambos lados) devino en que Horacio se pusiera firme: “No bajo mi tutela, si tanto querés, esperá hasta los dieciocho y hacé lo que tengas ganas y creas mejor para vos”. Y ella, noveleando un poco, lo había aceptado apenas asintiendo con la cabeza, masticando en silencio su rebeldía adolescente, por más que, desde ese mismo día, faltara aún más de un año para que cumpliera la mayoría de edad.

Pero es algo común en las familias vivir momentos álgidos de batalla y confrontación, como también es natural que a medida que transcurre el tiempo, y sobre todo con los protagonistas viviendo bajo el mismo techo, las caras de unos y otros se vayan ablandando, las sonrisas volviendo, y los saludos, el termómetro de las relaciones familiares, los saludos también ya vuelven a ser los mismos de siempre. Y ni más ni menos eso fue lo que sucedió con Agustina, su padre, y en definitiva toda la familia.

Fue una sobremesa el exacto instante disparador para esta tregua, que se dio apenas un tiempo después de aquella batalla padre-hija, cuando el clima tormentoso aún reinaba pero ya habían vuelto a saludarse entre ellos con besos. Ahí fue que Germán deslizó inocente: “¿Y qué te harías? ¿El escudo? ¿Cuál de todos? ¿Dónde?”.

Y todas las miradas se centrarían en Agustina, que todavía masticaba un pedazo de comida. Ella se limpiaría la boca, demoraría su respuesta bebiendo un sorbo de agua, intuyendo esas miradas, prolongando la expectativa. Y diría: “El escudo. El tradicional, con el RACING en mayúsculas, en letras. Y abajo escrito Racing, en caracteres. Todavía no sé si escribirlo ahí también en mayúsculas”, para luego agregar sin ánimos de combate “Y sí, esa parte de abajo es con la técnica que les conté”.

Y ahí a Horacio se le atragantaría un poco la comida, porque si bien ya se había hecho la idea de lo que sucedería, todavía le costaba demasiado asimilarlo.

“Ah, claro, si ponés la R en mayúscula es un carácter más, y si lo querés escribir todo en mayúsculas ya serían dos más. Una cosa es en el papel…”, acotaría Adrián rompiendo el silencio.

“Y otra en la piel. Por un lado, no, no me gusta la idea de tener algo mal escrito en mi cuerpo. Pero qué se yo, es para mí. Y a mí me da lo mismo si Racing lo escribo con mayúscula o minúscula. De hecho, no sé cuál es la diferencia. O la conozco, pero no la sé, nunca la vi, y esto es principalmente algo mío. O mío y de Racing, y no es sólo para ver, es para ver y sentir”, le respondería.

Y desde ahí irían pasando en línea continuada los días, semanas y meses, con el ritmo familiar girando únicamente alrededor de Agustina y sus tatuajes, recorriendo especialistas en piel, cirujanos plásticos y, por supuesto, casas de tatuajes. Así los cinco (porque iban juntos todo el tiempo) dividirían sus fines de semana entre consultas en el sanatorio privado, y las visitas a la Bond Street y sus tatuadores.

El escudo era la parte fácil y ya tenían seleccionado al estudio de tatuajes que más confianza les daba. Inclusive los hermanos habían pasado horas buscando en internet el mejor escudo para imprimirlo a color y llevarlo como referencia. Pero el otro tatuaje era el difícil. Aquella técnica de la que hablaba Agustina (y lo que más terror a sus padres producía) era lo que se llama implante de acero quirúrgico, qué son pequeñas bolitas de acero que se colocan debajo de la piel y quedan ahí por siempre, marcando un relieve en la superficie de la misma. Un tatuaje para tocar.

La cirugía no presentaba demasiado riesgo, el post-operatorio no llevaría más de un par de semanas con una venda y en general los pacientes afirmaban que continuaban sus vidas en forma normal y, prácticamente, ni recordaban o les molestaba el implante durante la mayor parte del día. Pero claro, una vez habiendo sido tan conversado el tema, Agustina comenzó a dudar. La primer señal fue que amagó con escribirlo en minúsculas, así se ahorraba un carácter extra. Después consultó sobre si molestaba al dormir o qué pasaba si se lastimaba esa parte del cuerpo (cosa un tanto complicada porque el lugar era la espalda, debajo de la nuca y entre sus omóplatos) y obviamente si había posibilidad de que las bolitas se movieran de lugar con el tiempo.

Más que dudar, esta chica de 17 años empezaba a tener miedo. Y si apenas lo había deslizado, se encerraba horas en su cuarto, llorando a pura lágrima silenciosa, en parte por sentirse insegura y sin saber qué hacer, pero más que nada por orgullo y angustia de haber peleado tanto con su familia para luego arrepentirse.

Entonces fueron una vez más sus padres y hermanos quienes aparecieron al rescate y, con todo el amor del mundo, le dejaron claro que ya era una decisión suya, que ellos podían aconsejarla y acompañarla, que no se enojarían ni cambiaría cuánto la querían, fuese lo que ella decidiera. Pero que era ella la que ahora debía elegir el camino.

En paralelo, otro camino, el de Racing 2001. Luego de un primer semestre con nuevo técnico y riesgo de promoción, llegaba un Apertura donde el equipo se mostraba afianzado y con identidad. El particular grupo parecía potenciar virtudes individuales y construir con el paso de las fechas un equipo aguerrido y ganador, sin recuerdos del Racing sufrido o desafortunado en el tiro del final.

Horacio, Germán y Adrián habían estado en todos los partidos de local desde el arranque, salvo Belgrano, cero a cero, por un casamiento. De visitante iban un poco menos, en parte porque siempre eran partidos lejos, y otro poco también para poder seguir por radio, en casa, esos partidos junto a Agustina, que era la forma en que ella los vivía.

Después de aquella sexta fecha, con excepción de Unión en Santa Fe y en la
Bombonera, estuvieron presentes durante toda la campaña. Y así iban junto a Racing escribiendo la historia, paso a paso, cayendo en fila, Huracán, San Lorenzo, Colón, Estudiantes (fueron en auto y volvieron empapados, Agustina los esperó junto a la puerta y apenas entraron se abrazaron los cuatro, formando una montaña humana muy parecida a la de los jugadores tras el final de aquel milagro en La Plata) Boca (fue un día de semana y Agustina estaba en el colegio y no pudo escucharlo) Gimnasia, Chicago, Chacarita.

Y el país por explotar. Y Racing explotando tras el bombazo de Bedoya contra River en el arco que Agustina consideraba “suyo”, y se enojaba si los relatores por radio no aclaraban para qué lado estaba atacando el equipo. Y después de Banfield, del fin del paso a paso y del “me enojé, ahora vamos a salir campeones”, Agustina sintió que ella también debía decidirse. Lo pensó bastante (casi tanto como su papá y hermanos especulaban con los rivales y posibilidades a sólo dos fechas del final) y decidió reunir a la familia para comunicarles lo decidido.

“Ya me decidí. Por momentos me angustié y pensé, sobre todo con los dos goles mal anulados, que no se nos iba a dar. Pero sí. Sí vamos a salir campeones. Y sí quiero hacerme los tatuajes. Ahora más que nunca. Porque estoy convencida de lo que soy y de lo que quiero ser. Y estoy convencida de que mi amor por Racing es tan grande que vamos a salir campeones. Y entonces ése es mi ofrecimiento: mi cuerpo. Que me impide ver a Racing, pero que no puede ocultar lo que siento. Si salimos campeones, me hago el tatuaje y el implante ¡Me enojé, me los voy a hacer, y vamos a salir campeones!”, remataría con una sonrisa perfecta.

Todos lloraban. Ofelia la abrazó como las madres abrazan a los hijos cuando estos anuncian que se van de casa. Adrián y Germán lagrimeaban más que contra River, mientras que Horacio apenas susurró un “Gracias, te quiero mucho” ahogado entre lágrimas que no intentó reprimir. Y ella no, no lloraba, al contrario, seguía sonriendo más linda que nunca con la camiseta de Racing puesta, ya que esa tarde con goles de Maceratesi y Chatruc, la Academia derrotaría a Lanús y quedaría a un paso del campeonato.

Después del parate, el estallido social y los nervios racinguistas (el mismo Horacio tuvo un pico de presión) llegó la final contra Vélez. Y la gran sorpresa: se juega el jueves 27. Y Horacio, el destino y Racing improvisaron el mejor de los regalos de cumpleaños: entradas para los cinco. Y por más que eran plateas (¡y lo que le costó conseguirlas!) y no populares como acostumbraban, todo era pura felicidad por Agustina. Que así, no sólo debutaría en la cancha “viendo a Racing”, sino que lo haría en el partido más importante de los últimos 35 años, en el día de su cumpleaños.

Y fue una jornada gloriosa e histórica, también para aquella familia. Todos le relataron el partido segundo a segundo, todos le contaron todo, como si hiciera falta, ya que Agustina contestaba a la mayoría de los comentarios con un “¡sí, me di cuenta!”, o simplemente alentando o preguntando cuánto faltaba para que terminara. Y disfrutó todo. Hasta la tormenta del principio. Y, claro, el gol de Loeschbor. Y las lágrimas del final. Y cantar dale campeón, sabiendo o no que los jugadores estaban ahí, en cueros, dando la vuelta olímpica delante de sus ojos. Y los festejos en el obelisco, y Agustina feliz, feliz de la vida, sin importarle nada de nada, salvo sentir lo que sentía.

Al día siguiente, todavía mareados en éxtasis, sacaron turno para cumplir la promesa. El domingo se hizo el escudo y siete días más tarde se sometió a la intervención. Por dos semanas tuvo que tener extra cuidado y nada de sol, nada de agua, nada de dormir boca arriba. Así hasta que llegó el día de, por fin, sacarse las vendas.

Lo primero que hizo fue pedir permiso para tocarlo y estirar su mano por la espalda. Lo segundo, sonreír. Eso, hasta hoy en día. Enamorada de los colores y enamorada de su Racing (al final en mayúsculas) escrito, grabado, para siempre en su piel en su idioma natural, el braille:             

Federico Martín Pérez

 

 

 

El bastón

 

Estaba viejito Don Juan. Hacía cinco años que sobrevivía en una jaula de ancianos donde las visitas se hacen cada vez más esporádicas y donde la soledad se trata de disimular con radio, diarios o algún que otro geronte que ande pasando el invierno de su vida por ahí.

Don Juan era un futbolero nato. Sabía de antemano los días de partido. Pedía el diario a la mañana y se dirigía a la sección de Deportes de una. Se calzaba los anteojos para leer y focalizaba día y horario del encuentro. Igual, por las dudas, le pedía a Pancho, el único enfermero hincha de la ‘acadé’, que le recordara cuándo jugaba Racing.

Cuando llegaba el día del partido, un par de horas antes se preparaba, generaba su propia adrenalina. Guardaba la radio en el bolsillo de la camisa, besaba su escudo albiceleste que pendía de una vieja cadena que le había regalado su esposa en otros tiempos, tomaba su bastón y comenzaba a dirigirse hacia el banco que estaba debajo del inmenso árbol, en medio del patio.

Allí pasaba un rato prolongado imaginando la gente en la tribuna y recordando el verde césped del Cilindro.

No olvidaba tampoco el número de su camiseta: el cinco. Tampoco esa manera de distribuir juego a diestra y siniestra para los volantes y delanteros tanto como de hachar al rival habilidoso o meterle marca pegajosa para que no la tocara, pero siempre de buena leche, de frente y como corresponde a un cinco que se precie de tal.

Recorría en voz alta, una y otra vez dentro de su cabeza estos momentos. Pasaba de los juegos en el fondo de su casa de pibe, al club y luego el salto a la cancha de once. La prueba en Racing fue su cúspide deportiva y luego el pasaje fugaz en la primera división. Fue el regalo más grande que recibió en su vida: vestir la casaca blanca con franjas celestes verticales y el cinco negro en la espalda.

Todo esto se lo contaba a Pancho una y otra vez cada día que la Academia le regalaba un partido. Y Pancho, un tipo con mucha paciencia, lo escuchaba mientras le cebaba uno y otro mate.

Don Juan decía que esto lo hacía para que no se le perdiera ni un detalle de sus recuerdos. Tenía miedo que el tiempo se los borrara de un plumazo. Algún día sucedería pero no quería que llegara. Tenía la secreta esperanza de morirse antes.

-¿Sabés Pancho? Si no lo hago, tengo miedo algún día de no tener más a mano mis recuerdos... y vos los tenés que conocer...

El sol le molestaba los ojos azulados y se cubría con su arrugada y manchada mano derecha que temblaba levemente. La izquierda le servía para sostener el antiguo bastón marrón, aquél que había pertenecido a su abuelo en los albores del siglo anterior.

Tenía la madera bien lustrada con algunas rayaduras propias de los años y el uso que recibió. Contaba con una base de goma que impedía el resbalón en los mosaicos encerados y una empuñadura finalizada en una cabeza de halcón que él trataba de cubrir dejando sólo el pico del bicho hacia afuera. Hasta aquí no pasa de un bastón casi normal, pero no lo era.

Don Juan amaba ese bastón, apoyo adicional e incondicional, de una manera particular.

 

 

Pancho, una tarde y antes del inicio del encuentro, le preguntó sobre la historia de su bastón.

Y el viejo se despachó:

-En mis años de adolescencia, cuando veía caminar despaciosamente a mi abuelo, me sorprendía cómo esquivaba uno y otro bache de la vereda y, lo más curioso, cómo se animaba a ir a la cancha y sentarse en su platea de madera del sector "B”.

Cada domingo por medio, con bastante tiempo de antelación, salíamos de aquel barrio de Lanús rumbo al estadio. Siempre íbamos los dos solos. Él fue el encargado de inyectarme el virus del fútbol y, sobretodo, de su Racing querido.

Tomábamos el 32 ‘P’ hasta la estación y allí el 51 que nos dejaba en las orillas de la estación de Avellaneda.

El querido viejo, refunfuñón y calentón, siempre repetía la misma rutina. Nos sentábamos en el último asiento. Hasta nuestro destino, se iba colmando, poco a poco, de la gente que iba al partido. Cuando ya casi llegábamos, se paraba dificultosamente, se tomaba del pasamano y entre las cabezas apretaba el timbre de la puerta trasera con el palo. Cuando se detenía el mastodonte y se abría el portón, el sonido volvía a hacerse escuchar y sin pausa. Me miraba y me renegaba:

-Decile al infeliz del chofer que me arrime a la vereda si no, no saco el bastón del botón....

Por supuesto, su vozarrón era escuchado por éste y por toda la multitud que viajaba en el bondi colorado.

-Dale nene, arrimá el bicho éste si no se arma acá adentro... el abuelo no puede bajar... decía la multitud.

-¡¡Abuelo las pelotas!! Bramaba. Y, como siempre, salía yo a pedir disculpas a todo el mundo, pero era inútil pedir que se callara.

Una vez debajo, caminábamos por Díaz Vélez y luego entrábamos. Los controles lo conocían de memoria pero, sólo para molestarlo, le preguntaban:

-Oiga viejo, ¿usted es hincha o sólo acompaña al pibe?

Y la respuesta era siempre así:

-Dale boludito, vos no habías nacido y yo ya lo había visto siete veces campeón, a esta cancha la vi nacer, es mi segunda casa... dejame pasar que te clavo esto en la rodilla...

Entre risas se corrían y el tipo, apoyándose sobre la pared, trepaba la escalera hasta asomarse en el sector de vitalicios. Eso sí, sin largar el bendito bastón.

Sus ojos celestes se iluminaban y tornaban a verde cuando enfocaban al medio de la cancha.

 

Sufría, puteaba o era feliz según la consecuencia del partido. Pero una vez que el silbato marcaba el final, salían de regreso a casa riéndose de lo ridículo de la velocidad de salida y de cómo iban a treparse al colectivo que los depositase nuevamente cerca de sus hogares entre tanta gente.

Don Juan se emocionó cuando terminó el relato.

 

-¿Otro matecito Don Juan?

-Meta... todavía es de día...

-¿Le puedo preguntar un detalle? ¿Qué es lo que oculta con la palma de la mano sobre la empuñadura del bastón?

Y el viejo, tan viejo como zorro, corrió su mano, elevó la madera a la altura de los ojos de Pancho y le dijo:

-Tomá. Bajalo despacito y fijate.

Pancho hizo lo que le ordenaron. Ante sus ojos apareció, sobre la curvatura leve, el escudo grabado del Racing Club y una leyenda: “Siempre con vos”.

Lo miró extrañado al anciano.

Don Juan le dijo:

-Éste fue un regalo de mi abuela en aquellos tiempos. Ella dijo que la frase reflejaría el amor, la eternidad y la paciencia de una mujer a un hombre y qué mejor que grabarlas donde él sintiera seguridad, además, te dejaba marcada la palma de la mano con dos amores, instantáneamente.

Poca cosa en estos tiempos, ¿no?

 

Pancho apoyó el bastón en el mosaico gris, apretó fuerte, abrió la mano y se la miró unos segundos. Luego sorbió el último mate emocionado, lo miró con ternura y le dijo:

-Cargo el termo, cambio la yerba y vuelvo.

 

Antes de ingresar en la cocina, se dio media vuelta y miró al anciano. Lo descubrió acariciando la parte superior del bastón una y otra vez...

 

 

Rubén Damore


 

¡Cómo la tuve que remar!

 

 

Miralos, miralos cómo saltan los tres abrazados, se cantan todo. Vos los ves ahí saltando y cantando todas las canciones y parece que se hubieran criado acá a la vuelta, en el pasaje Corbatta.

Pero no ¡eh! ¿Sabés cómo la tuve que remar para hacerlos de Racing?

Sí claro, vos la ves fácil porque seguro vivís acá, en Avellaneda, ¿O no?, claro ¿ves?.

Ustedes vienen al cilindro cuando se les canta. Fijate cómo está hoy la cancha. Esto es una fiesta. Metés a cualquier pibe adentro de este carnaval y no hay manera de que no te salga de Racing. Pero, ¿vos sabés lo que es hacer un hincha de Racing allá, en un pueblito de La Pampa?

Lo que pasa es que allá la mayoría es de Boca o River.

¡Y te cagan la fruta, viejo! Vos no sabés las cosas que tuve que hacer para que no me los robaran. Para colmo hay una edad complicada para estas cosas, te diría que es más o menos en los primeros años de la escuela primaria, donde los chicos se prenden en la que está la mayoría. Imaginate una criatura a los seis o siete años; en medio del recreo, le preguntan de quién es hincha, “¿de quién?¿de Racing? ¡Pero si ustedes nunca ganan nada!”, les decían.

Y para colmo era cierto. Te venían con esa historia de la escuela y uno tenía que salir con “Sí, pero fuimos los primeros Campeones del Mundo”, “Por algo nos dicen La Academia”, “Tenemos los colores de la Patria” y que sé yo cuántas cosas más uno buscaba en la historia de Racing para que no desertaran.

El mayor de los tres, ése de barbita, lo vio campeón recién cuando tenía ¡dieciséis años! Imaginate las que se tuvo que comer.

Cuando jugaba la Selección yo le decía que era Racing. Y gritábamos los goles como si fueran de Racing, ¡eh! Se va al carajo, pensaba yo. Total la Selección tiene muchos hinchas.

Vos sabés, entrábamos a los negocios de ropa deportiva para comprarle una camiseta y eran todas de Boca o River. “Lo que pasa es que somos muchos hinchas de Racing y se venden enseguida”, le mentía.

Nooo, ustedes no se imaginan lo que es hacer un hincha de Racing allá en el pueblo.

Hacer uno ya es difícil, ¡yo hice tres! ¡Tomá! Que me los vengan a dar vuelta ahora.

Pero miralos ahora, miralos cómo saltan los tres abrazados, con camisetas, gorros, banderas. Se cantan todo.

Y fijate qué cosa rara, el caso mío fue al revés. Porque cuando yo era muy chico creo que era de Boca, no me acuerdo bien, pero si mi viejo era fana de Boca yo seguro que andaba por ahí. Resulta que teníamos un vecino, el “Zito” Paccioni, que era fana de La Academia y había sido un buen jugador de fútbol, ahí en el pueblo nomás. Y por supuesto, le decían Zito por Vicente Zito, “La Bordadora”, aquél que fue goleador de Racing por los años ´35, ´40.

La cuestión es que el “Zito” se cruzaba siempre a la despensa de mi vieja y me daba manija con Racing, hasta le compraba golosinas a mi vieja y me las regalaba para convencerme. Pero claro, él la tuvo fácil conmigo, porque era por el ´66, ´67, cuando salimos campeones de América y del mundo. Así que, se ve que no la pensé mucho.

Pero lo que se vino después. ¡Mamita! Después tuve que esperar 35 años para festejar otro campeonato.

¡Y qué 35 años! Porque las que pasamos en todo ese tiempo, ¿no? Sí, tal cual. Aguantamos de todo. El descenso, la vez que le alquilamos el equipo completo a los mendocinos, el estadio destruido, que hasta llegamos a alquilarlo para depósito de papas, ¿te acordás?, qué bárbaro.

Y allá en el pueblo rodeado de gallinas y bosteros. “Ah, sos de Racing”, te decían, “Y bueno, qué se la va hacer”.

Nooo, era muy bravo.

Eso sí, eh, somos curtidos y solidarios. Allá, cuando nos enteramos que hay otro de Racing lo buscamos, es como incorporarlo a una logia. Nos tenemos identificados, es como un rótulo en la frente. No importa el oficio, la profesión, nada, para el resto de la gente somos “Fulano de Tal, ése que es hincha de Racing”.

Mirá cómo será, un día me dicen que el cura nuevo era de Racing. Yo no había ido ni a catecismo. El Padrenuestro lo sabía hasta donde dice “…que estás en los cielos”, no más que eso. Para esa época ya tendría unos 18 años y les dije a mis viejos que el domingo tenía ganas de ir a misa. “Qué grande debe ser la cagada”, dijo mi viejo. La cuestión es que fui, me sentía como sapo de otro pozo. Al principio quería seguir la liturgia religiosa, pero no embocaba una, así que me quedé en el molde. Sólo pensaba en cómo llegar hasta el cura, la veía difícil. Hasta que en un momento veo que se arma una cola que enfila para el altar, y me mandé. Estudié un poco el asunto, puse cara de circunstancias, crucé las manos atrás y me dejé llevar lentamente. Cuando estábamos llegando me doy cuenta que era para tomar la hostia. Pero ya no podía volverme. Cuando me tocó a mí, lo miré a los ojos, apreté los labios por las dudas, y mientras que con la cabeza le decía que no, me abrí la campera y le mostré la camiseta de Racing que llevaba abajo. El tipo se quedó con la hostia a medio camino y la boca entre abierta y con una leve sonrisa. Se le iluminaron los ojos al curita. Nos quedamos mirándonos, se ve que más de lo habitual, porque la vieja que venía atrás nos apuró con una tosecita. Pero fue suficiente como para que el cura supiera que no estaba solo.

Después de la misa me buscó y charlamos un montón, nada de religión. ¡Bah!… sí, charlamos de Racing…

Es que somos pocos allá.

¿Vos sabés qué es lo que más nos gusta cuando venimos al cilindro? Esto de estar rodeado de tantos hinchas de Racing. No estamos acostumbrados a ser parte de una masa de gente toda de Racing.

Mirá que después de hacer 500 kilómetros venimos medio cansados. Nosotros salimos a las cinco de la matina para venir acá. Pero ya cuando encaramos para el puente Pueyrredón y empezamos a ver hinchas que van para la cancha se nos pasa el cansancio, sacamos las banderas por la ventanilla y empezamos a cantar. Ni te cuento lo raro que es cuando ya venimos caminando para el estadio rodeados de tantas camisetas y banderas. Raro y emocionante. Nos dan ganas de abrazarnos con todos.

Por eso los ves así, tan eufóricos. Mirá mirá, mirá cómo cantan los tres abrazados.

Yo los miro desde acá y siento la satisfacción del deber cumplido. ¡Ya está! Los tres son fanas de Racing.

¡Pero cómo la tuve que remar!

 ¿Sabés la que me pasó con el del medio? El del medio es el flaquito ése que anda gatillando fotos. Ése, sí, el de pelo cortito. Bueno, resulta que cuando era chico iba siempre a la casa de su mejor amiguito. Y eran todos de Boca en esa familia. ¡Y me descuidé! Me lo dieron vuelta. Y bueno, lo dejé, qué iba a hacer. Pasaron los años y yo veía que no le calentaba un carajo Boca. Pero me hacía el sota, no decía nada. Los que lo jodían eran los hermanos. Para que volviera, ¿viste? Yo nada. Y resulta que hace unos años, cuando él ya tendría unos dieciséis más o menos, empecé a notar que cuando iba a jugar un picado se ponía una camiseta de Racing. Yo con eso ya me conformaba. Pero un día nos hacemos un viajecito y lo trajimos a ver un Racing – River. Tres nos comimos. ¿Pero sabés qué? Se volvió loco, se cantó y se saltó todo, parecía un exorcismo, le salía el hincha contenido de tantos años. ¿Sabés qué me dijo después del partido?, “Ahora entiendo lo que es ser de Racing”. ¡Yo casi me caigo de culo! Y bueno, después de eso ya quedó infectado, y ahí lo tenés, abrazado con los otros dos hermanos.

¿Vos sabés que a veces pienso que yo los traigo a la cancha para verlos así abrazados? Yo me hago el gil y me quedo un poco más atrás. Entonces disfruto de verlos.  

Es que se me juntan las dos pasiones. Porque los hijos son como una pasión, ¿no? No sé, por ahí es tema para un psicólogo. Pero los chicos te alegran, te amargan, te hacen renegar, por ahí te sentís orgulloso, por ahí los querés echar al carajo. Pero al final siempre está ese vínculo tan fuerte, inigualable, incondicional. Como con Racing.

¡Pero cómo la tuve que remar, la puta madre!

Con el único que la tuve un poco más aliviada fue con el más chico. El más chico es ese flaco de rulos, sí, sí, es el más alto pero es el más chico. Con ése me ayudó un poco que lo vio campeón a Racing cuando tenía seis años. Ése ya ligó mejor. Pero igual, no me podía descuidar. Para colmo desde que lo traje cuando era chico no lo podía ver ganar a Racing, o empatábamos o perdíamos. Yo pensaba que se iba a cansar de tanto sufrir. ¡Pero no, che! El tipo disfruta de cantar todas las canciones, no putea a los jugadores, no reniega, nada, él disfruta.

Miralos, miralos cómo disfrutan los atorrantes.

Vos sabés que, más bien que yo vengo a ver ganar a Racing, pero si no, por lo menos ruego que hagamos un gol. Porque cuando Racing hace un gol, ellos me buscan y me vienen a abrazar. Y nos abrazamos los cuatro gritando desaforados, y yo aprovecho y los abrazo aún más. Y llega un momento que ya no sé si festejo el gol de Racing o le estoy gritando gracias a la vida.  

¡Mirá, mirá, ahí entra Racing! ¡La vida es una fiesta!

 

       

Pato Colombatti.

 

 

 

 

 

Historia de una Pasión Bien Argentina

 

Racing es por antonomasia la identidad del país. Encarna al sempiterno resurgido de las cenizas, el de las crisis circulares, al redimido de cada domingo. Un sentimiento inabarcable e inacabable. Para muchos inentendible, para nosotros irreemplazable. Ser de Racing, es ser Hincha, fanático hasta los tuétanos, es estar detenido en un paraje de la eternidad: la sensación de no estar en ningún tiempo, y al mismo tiempo, estar en todos…

 

Y sí no me creen, presten atención a los que les voy a contar. El 16 de diciembre de 2001, me quedé en el Cilindro después del partido contra Lanús para conseguir mi entrada para la última fecha. No podía perderme el encuentro con Vélez por nada del mundo. No fui original. Alguien me había ganado de mano. Manuel, así se llamaba, estaba preparado para resistir 35 años más, una eternidad. Bolsa de dormir, mate, comida, lectura, radio. Dormía, así que no lo molesté.

 

Aunque dudé. Dudé que durmiera porque no paraba de hablar. Era un libro abierto sobre la Historia de Racing. Contaba cómo se fundó el club el 25 de marzo de 1903 cuando esto aún era Barracas al Sud, “Nosotros le dimos vida a Avellaneda”, repetía. Y entonces recordé los relatos sobre los orilleros, las nieblas del Riachuelo, los arrabales, el tango, la incipiente ciudad industrial donde había metalúrgicas, petroquímicas, textiles, gráficas, curtiembres, y donde estaba el mercado de frutos más grande del país.

 

Me desviaba por unos segundos pero nuevamente era fascinado por el relato insomne y furioso de Manuel que mientras hablaba se limpiaba la boca. No son del barrio, decía, nacieron en la Capital Federal y deambularon por el Centro, Recoleta, Flores, Palermo, Paternal y Núñez antes de llegar a Crucesita. El primer partido oficial lo perdieron 21 a 1 frente a Atlanta. Y no paraba de reírse, parecía un contorsionista. En cambio, nosotros siempre estuvimos en Colón y Alsina, Mozart y Corbatta, si querés. Y enganchó con la camiseta. Primero blanca, pura, en 1904 pasó a ser celeste y rosa a cuadros y en 1910, en el Centenario de la Revolución de Mayo, estrenó la inmortal Celeste y Blanca… Desde ese momento va a acompañar la historia de la otra Celeste y Blanca, la del país.  ¿Que estoy loco?, ¿que estoy loco qué?, gritaba mientras agitaba las manos y parecía que se le iban a despegar del cuerpo.

 

Y yo que hasta ese momento nunca lo había pensado, caí. Es cierto. Se parecen demasiado. No sólo por los colores. Tuvimos años dorados donde todo fue alegría para el pueblo, y también hubo tiempos en donde fuimos degradados por dirigentes inescrupulosos que traicionaron el sentimiento por avaricia de poder, de dinero. Pero también como el país, siempre resurgimos de las cenizas gracias al amor de la gente que lo acompaña, lo sufre, lo disfruta y que sueña con un porvenir distinto. Y me encontré batiéndome a duelo con mi compañero: Gardel, Perón; Piazzolla, Atahualpa Yupanqui; el gordo Porcel, el flaco Capusotto; el padre Mugica, el padre Juan Gabriel; Osvaldo Santoro, Roberto Santoro; Tita Mattiussi, Mirtha Legrand; Eladia Blázquez, Nelly Omar; Luis Gusmán, Luis Arata; Carlos Ulanovsky, Hernán Deibe;  Pepe Biondi, Pepe Arias; Leopoldo Federico, Federico Ramos; Guillermo Francella, Alfredo Casero; Miguel Mateos, Gustavo Cerati; el Bocha Maschio, el Bichi Borghi; Lito Cruz, Horacio Acavallo; Juan José Valle, Ángel Mahler; Elías Alippi; John Lennon, John William Cooke; Soledad Silveyra, Araceli González; el Loco Chávez, el Loco Corbattaaaaaaaaaaaa. Y soltó un grito profundo, que venía desde el fin de los tiempos,  ¿querés más identificación nacional que ésa?

 

Y se despertó. Sobresaltado. Mirándome fijo, ¿Quién sos?, ¿Dios? Me quedé mudo. Contestame, llevo 35 años buscándote. No dije nada. Hoy me pareció verlo después del gol del Rafa Maceratesi, cuando las gallinas no podían ganarle a los bichitos. La cabellera larga, la camiseta de Racing…

- ¡El Polaco Bastía!, dije.

Negó con la cabeza. Me miró fijo y contestó. - ¿Sabés que en un momento pensé lo mismo? Pero no, éste tenía barba. Después, un pibe gritó que River había hecho un gol y se evaporó la imagen. Me ganaste de mano pensé que iba a ser el primero, le dije.

 

- Nos quedamos después del partido, me confesó, mientras sacaba una cajita celeste y blanca de su bolso. Le prometí traerlo hasta que saliéramos campeones. Vamos a todos lados. Llueve, truene, donde juegue Racing estamos nosotros.  El me enseñó el amor por esta camiseta. Entre 1913 y 1919 fuimos campeones 7 veces consecutivas, ¿sabías? Sí, contesté con la cabeza. Caía el régimen conservador y Racing se transformaba en “La Academia”: el primer equipo criollo, el maestro de las cosas nuestras, una forma de jugar bien argentina. Perinetti, Ohaco, Marcovecchio, Paternóster, Baigorri, ¡qué jugadores!

 

- Repetimos en el ‘21 y el ‘25, le contesté para que viera que yo no me quedaba atrás. Después pasó la década infame y cuando parecía que los 40 pasarían sin pena ni gloría: Triplete. ‘49, ‘50 y ‘51, ¡Y qué jugadores! El “Turco” Llamil Simes, Boyé, Tucho Méndez, Bravo. Los primeros tricampeones en la historia del fútbol profesional. Primeros en todo. En ser Campeones del Mundo, en ganar la Supercopa, en ser gerenciados…

 

Y de repente, el clima se enrareció. Un mar de gente corría sin parar por las calles de Avellaneda. -Nadie quiere perderse la fiesta, me dijo con una sonrisa que me mostraba todos los dientes. -¿Escuchaste hablar del equipo del ‘58? Se lo recité de memoria. Con esa delantera Argentina ganó el Sudamericano del ‘57 en  Lima, Perú: Corbatta, Maschio y Angelillo. Y el Marqués Sosa… y el gran Don Pedro del Área. ¡Qué jugadores por favor!… En el ‘61 volvimos a ser campeones otra vez, me dijo.

 

Le confesé que muchas veces soñé que Tita y José  eran mis viejos, y que revivíamos juntos el campeonato del ‘66 con sus 39 partidos, la Libertadores y el Campeonato del Mundo.

 

-¡Hasta Lennon se hizo de Racing!, me cortó. Lo miré extrañado. -¿Qué me mirás así? Fue en agradecimiento por haberle ganado al Celtic, hay registro de todo esto. Después vino el frío invierno de los años ‘70, aunque tuvimos una primavera con el subcampeonato del ‘72. Pero inmediatamente, la oscuridad, el horror. Quedamos atrás en el historial con los amargos y bajamos de categoría. Maldita tarde gris del 18 de diciembre de 1983, en que perdimos con Racing de Córdoba. No fue el 22 como dice la infamia. Porque somos tan grandes que nos fuimos contra un propio Racing. Somos una metáfora de este país, durante la primavera democrática, se destapan los peores horrores vividos en el país y nosotros estamos en las catacumbas. 

 

-Pasó tanto de aquel tiempo. Pasaron los ‘80, los ‘90, fuimos alquilados, campeones de la Supercopa, nos dirigió Maradona, tenemos la bandera más grande del mundo, exorcizamos el Cilindro donde tocaron Vox Dei y los Redondos… Quebramos… Nos dieron por muerto y resurgimos de las cenizas… llenamos nuestra cancha y no jugamos aquel 7 de marzo… todo el pueblo Racinguista se movilizó, hablamos de fideicomiso, intervenciones judiciales y gerenciamientos con la misma naturalidad que conversamos de un lateral derecho ó un volante de creación. Racing no es otra cosa que la representación de la Argentina.

 

Los días pasaron y el pueblo Racinguista comenzó el acampe. Así llegamos al miércoles 19 de diciembre, el país era un caos y en Avellaneda había más de diez cuadras de cola para sacar entradas. La gente se armaba, saqueaba supermercados, había policías por todos lados. Miles de personas luchando por estar en el Amalfitani, varias veces se interrumpió la venta. Hubo represión en Plaza de Mayo, Estado de Sitio. Se agotaron las entradas.

 

¿Quieren saber cómo termina la historia? Una semana después nos volvimos a ver con Manuel. El escenario del país era el mismo: 4 presidentes en una semana y el quinto tecleando. - ¡Pellizcame!, me dijo frente al Obelisco. Lo hice. -¡Ay, no tan fuerte!, ¿Es verdad, no?

- ¡Sí!, le contesté, pero hoy es 28 de diciembre, día de los inocentes.

 -Siempre te voy agradecer lo que hiciste por mi viejo y por mí. Al final no me contaste cómo entraste.

- En el tumulto pasé con el carnet de la obra social que es verde, como la entrada. Cuando estaba por terminar el partido, giré la cabeza y vi a un abuelo pegado al alambrado y el nieto que le hablaba al oído. Era ciego, y estaba llorando. Lo cuento y mirá, se me pone la piel de pollo. Tu viejo no paraba de moverse.

 

-¡El Cilindro también fue una fiesta!, ¿lo trajiste al viejo? Sólo pude darle la urna vacía. ¡¿Qué pasó con mi viejo?! Se hizo un silencio profundo.

- Dejame explicarte. Cuando entré a la cancha, abracé a Merlo, se me abrió la  cajita y se me cayó sobre la cabeza de Mostaza. “¿Qué son estas cenizas pibe?” Bendición Mostaza, bendición. Manuel largó una carcajada que aún recuerdo.

 

-¿Tendremos que esperar 35 años más para ser campeones?, me preguntó

-¡2036! Si es así no cuentes conmigo. ¿Sabías que hay una teoría que dice que ese año un asteroide choca contra la tierra?

-Entonces es posible, le dije. Le mostré una foto del diario donde aparecía el padre con Mostaza y nos volvimos a reír. ¿Creés que algún día caerá el gerenciamiento?

-Es posible, esto es Racing, me dijo. Cayeron tantos presidentes en una sola semana ¿por qué no va a caer el gerenciamiento? ¿No? Ése tiene que ser nuestro próximo campeonato, ¡Racing de la gente!

 

Jorge Eduardo Gómez


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